SOLIDARIDAD CON LA EDITORIAL HIRU

SOLIDARIDAD CON LA EDITORIAL HIRU
PARA TODAS AQUELLAS PERSONAS QUE PIENSEN
QUE LA EDITORIAL HIRU DEBE SEGUIR EXISTIENDO
Queridos amigos:
Os escribo para anunciaros que estamos emprendiendo una campaña para hacer suscriptores de Hiru.
La cuestión es sencilla: aunque Hiru es una editorial austera y que no requiere de grandes infraestructuras ni personal (quienes nos conocéis lo sabéis bien), ha llegado un momento en el que, para salir de la soledad en la que nos encontramos desde hace años y abrir nuevos caminos para sostener la editorial económicamente, hemos decidido emprender una campaña para conseguir suscriptores. Esta es una llamada a la solidaridad y tiene cierto carácter de urgencia: queremos que Hiru siga existiendo y para ello necesitamos, ahora más que nunca, el apoyo de la gente, vuestro apoyo.
Para los que quieran -o puedan- compartir y acompañar a Hiru en esta nueva etapa hemos confeccionado un Formulario (formato Word) que se puede enviar por mail a: hiru@euskalnet.net. O imprimir y enviar en papel a la dirección postal que se indica más abajo. También se pueden notificar los datos por teléfono (943.64.10.87)
Una vez enviados los datos a Hiru ya no tienes que hacer más gestiones: a partir de ese momento ya serás suscriptor solidario de la editorial.
Todas aquellas personas suscritas tendrán un descuento del 50% en los libros que soliciten directamente a Hiru, basta con indicar que eres "suscriptor".
Gracias por vuestro apoyo y mil gracias a todos
Eva Sastre Forest
Agradecemos que hagas circular este mensaje entre aquellas personas a quien creas que les pueda interesar
Editorial HiruApdo 184
20280 Hondarribia-Gipuzkoa
www.hiru-ed.com
hiru@euskalnet.net
Teléfono: 943.64.10.87





LA EDITORIAL HIRU LES PRESENTA SU NOVEDAD

"Sucias verdades"
Reflexiones sobre política, medios de información, ideología,
etnia, conspiración y poder de clase

Michael Parenti


EDITORIAL HIRU
Apdo 184
20280 Hondarribia
Gipuzkoa
Tel/Fax: 943.64.10.87 (mañanas de 9 a 12h)
www.hiru-ed.com
Puede visitarnos en Facebook: facebook.com/EditorialHiru
_______________________

Michael Parenti está considerado uno de los pensadores estadounidenses más progresistas de los últimos tiempos. Recibió su doctorado en ciencias políticas en la Yale University en 1962 y ha sido profesor en numerosos institutos y universidades. Sus escritos han sido muy difundidos en diarios y revistas –CovertAction Quarterly, Z Magazine, New Political Science, Monthly Review, The Humanist, Dollars and Sense, The Nation, Los Angeles Times, New York Times–. Algunos de sus libros más renombrados son: La trampa del terrorismo, Democracia para unos pocos, Matar a una nación, Contra el Imperio, Inventar la realidad, Tierra de ídolos, La espada y el dólar, El asesinato de Julio César, La Historia como misterio y Más patriotas que nadie (estos tres últimos publicados en esta misma colección).

Una sucia verdad es una verdad que no se quiere oír y que se minimiza y desprecia para no concederle la categoría siquiera de ser tenida en cuenta. Una sucia verdad suele ser la verdad de los desfavorecidos y la de quienes denuncian las injusticias. En este libro, Parenti nos ofrece un recorrido político y personal para mostrarnos algunas de esas verdades manipuladas.

“Llamo a estos escritos Sucias verdades porque tienen que ver con la información y las ideas que siempre se excluyen de nuestros medios –dominados por las corporaciones–, de nuestras escuelas y de la vida política oficial; puntos de vista que son ignorados de forma premeditada o denunciados enérgicamente para que parezcan algo impropio. No son simplemente disidentes, sino “sucios”, pues carecen del análisis y de la aureola de respetabilidad que se otorgan a las opiniones más convencionales. Así prevenido, el lector debería proceder con precaución, aunque sin miedo a resultar ofendido, porque las verdades, no importa lo poco confortables que sean, son mejor que la sarta de mentiras que soportamos siempre que nuestros líderes y entendidos abren la boca. Una exposición a las ideas y la información que aquí se incluyen supondrá, eso espero, un alejamiento refrescante de la papilla ideológica predominante con la que se nos alimenta una y otra vez sobre asuntos como la pobreza y la riqueza, el fascismo y los mercados libres, los medios y la cultura o la conciencia y el poder de clase”. (M. Parenti)

---------------------------------------------------------------------------


El hombre que amaba a los perros
Padura, Leonardo
SINOPSIS
En 2004, a la muerte de su mujer, Iván, aspirante a escritor y ahora responsable de un paupérrimo gabinete veterinario de La Habana, vuelve los ojos hacia un episodio de su vida, ocurrido en 1977, cuando conoció a un enigmático hombre que paseaba por la playa en compañía de dos hermosos galgos rusos. Tras varios encuentros, «el hombre que amaba a los perros» comenzó a hacerlo depositario de unas singulares confidencias que van centrándose en la figura del asesino de Trotski, Ramón Mercader, de quien sabe detalles muy íntimos. Gracias a esas confidencias, Iván puede reconstruir las trayectorias vitales de Liev Davídovich Bronstein, también llamado Trotski, y de Ramón Mercader, también conocido como Jacques Mornard, y cómo se convierten en víctima y verdugo de uno de los crímenes más reveladores del siglo xx. Desde el destierro impuesto por Stalin a Trotski en 1929 y el penoso periplo del exiliado, y desde la infancia de Mercader en la Barcelona burguesa, sus amores y peripecias durante la Guerra Civil, o más adelante en Moscú y París, las vidas de ambos se entrelazan hasta confluir en México. Ambas historias completan su sentido cuando sobre ellas proyecta Iván sus avatares vitales e intelectuales en la Cuba contemporánea y su destructiva relación con el hombre que amaba a los perros.
INFORMACIÓN COMPLEMENTARIA
Lectura breve
Havana Cultura Leonardo Padura
NOTICIAS RELACIONADAS
“El hombre que amaba a los perros”, finalista del premio Libro del Año
Leonardo Padura premiado por el Courmayeur Noir Infestival
“El hombre que amaba a los perros”, el libro más buscado en la Feria del Libro de La Habana

Padura, Leonardo
SINOPSIS
En 2004, a la muerte de su mujer, Iván, aspirante a escritor y ahora responsable de un paupérrimo gabinete veterinario de La Habana, vuelve los ojos hacia un episodio de su vida, ocurrido en 1977, cuando conoció a un enigmático hombre que paseaba por la playa en compañía de dos hermosos galgos rusos. Tras varios encuentros, «el hombre que amaba a los perros» comenzó a hacerlo depositario de unas singulares confidencias que van centrándose en la figura del asesino de Trotski, Ramón Mercader, de quien sabe detalles muy íntimos. Gracias a esas confidencias, Iván puede reconstruir las trayectorias vitales de Liev Davídovich Bronstein, también llamado Trotski, y de Ramón Mercader, también conocido como Jacques Mornard, y cómo se convierten en víctima y verdugo de uno de los crímenes más reveladores del siglo xx. Desde el destierro impuesto por Stalin a Trotski en 1929 y el penoso periplo del exiliado, y desde la infancia de Mercader en la Barcelona burguesa, sus amores y peripecias durante la Guerra Civil, o más adelante en Moscú y París, las vidas de ambos se entrelazan hasta confluir en México. Ambas historias completan su sentido cuando sobre ellas proyecta Iván sus avatares vitales e intelectuales en la Cuba contemporánea y su destructiva relación con el hombre que amaba a los perros
Havana Cultura Leonardo Padura

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------

"Túnez, la Revolución"
Crónicas de:
José Daniel Fierro / Alma Allende (Santiago Alba Rico)
"Túnez, la Revolución", José Daniel Fierro/Alma Allende (Santiago Alba Rico)
ISBN: 978-84-96584-41-9
Colección Sediciones nº 28
Nº de páginas: 230
PVP: 15 €
Para realizar sus pedidos:
hiru@euskalnet.net
EDITORIAL HIRU
Apdo 184
20280 Hondarribia
Gipuzkoa
Tel/Fax: 943.64.10.87 (mañanas de 9 a 11h)
http://www.hiru-ed.com/
Puede visitarnos en Facebook: facebook.com/EditorialHiru
INTRODUCCIÓN
Y de pronto, la revolución
Santiago Alba Rico
En 1999 dos perros se cruzan en la frontera. Uno, argelino, flaco, desfallecido, cojo y roído por las pulgas, trata de entrar en Túnez; el otro, tunecino, lustroso, bien alimentado, limpio, saludable, trata por su parte de entrar en Argelia. El tunecino está perplejo: “¿por qué quieres entrar en mi país”, pregunta. El argelino responde: “porque quiero comer”. E inmediatamente añade, aún más perplejo que su compañero: “Lo que no entiendo es por qué quieres entrar tú en Argelia”. El tunecino entonces contesta: “porque quiero... ladrar”.

En 1999, cuando se contaba este chiste en los medios intelectuales, Túnez estaba amordazado, pero a cambio disfrutaba –se repetía– de una situación económica incomparablemente mejor que el resto del mundo árabe. Con un crecimiento medio del 5% durante la década pasada, el FMI ponía al país como ejemplo de las ventajas de una economía liberada de las trabas proteccionistas y en el año 2007 el Foro Económico Mundial para África lo declaraba “el más competitivo” del continente, por encima de Sudáfrica. “Kulu shai behi”, todo va bien, repetía la propaganda del régimen en vallas publicitarias, editoriales de prensa y debates coreográficos en la televisión. Mientras el gobierno vendía hasta 204 empresas del robusto sector público creado por Habib Bourguiba, el dictador ilustrado y socialista, se multiplicaba el número de 4x4 en las calles, se construían en la capital barrios enteros para los negocios y le loisir y hasta 7 millones de turistas acudían todos los años a disfrutar de la cada vez más sofisticada y sólida infraestructura hotelera del país. En el 2001, cuando se abrió el primer Carrefour, símbolo y anuncio del ingreso en la civilización, algunos podían hacerse la ilusión de que Túnez era ya una provincia de Francia. Era un país maravilloso: la luz más limpia y hermosa del mundo, las mejores playas, el desierto más hollywoodesco, la gente más simpática. No se podía hablar ni escribir, es verdad, pero a cambio la gente engordaba y el islamismo reculaba. La UE y Estados Unidos, pero también las agencias de viajes y los medios de comunicación contribuían a alimentar la imagen de un país más europeo que árabe, más occidental que musulmán, más rico que pobre, en transición hacia la felicidad del mercado capitalista. No se podía ni hablar ni escribir, es verdad, y también es verdad que ocupaba el segundo lugar en el ranking mundial de la censura informática, pero el esfuerzo del gobierno merecía una recompensa: Túnez organizó una Copa de África, un Mundial de Balonmano y en 2005 una insólita Cumbre de la Información durante la que se ocultó al mundo una huelga de hambre de jueces y abogados y se detuvo a periodistas y blogueros.

A poco que alguien se hubiese molestado en rascar bajo esa superficie bien barnizada habría descubierto una realidad bien distinta. Nadie o casi nadie lo hizo. De enero a junio de ese año, por ejemplo, El País publicó 618 noticias relacionadas con Cuba, donde no pasaba nada, y 199 sobre Túnez, todas sobre el turismo o el mundial de balonmano; El Mundo, en esas mismas fechas, registró 5162 entradas sobre Cuba, país donde no pasaba nada, y sólo 658 sobre Túnez, casi todas sobre el mundial de balonmano; y ABC tendió 400 veces la mirada hacia Cuba, país donde no pasaba nada, mientras sólo mencionaba a Túnez 99 veces, 55 de ellas en relación con el mundial de balonmano. El 10 de marzo de ese mismo año una rápida búsqueda en Google entregaba 750 enlaces sobre el reparto del gobierno cubano de las famosas ollas arroceras y sólo tres (dos de Amnistía Internacional) sobre la huelga de hambre y la tortura a presos en Túnez.

Pero lo cierto es que Carrefour y los humvee –y la vida nocturna en Gammarth– ocultaba no sólo la normal represión ejercida por Ben Alí desde 1987, año del golpe palaciego o del Gran Cambio, sino también la desaparición de una clase media que había comenzado a formarse en los años 60 y había sobrevivido a la crisis de finales de los 80. Unos pocos entraban en el Carrefour y otros muchos salían del país: hasta un millón de jóvenes tunecinos –sobre una población de 10 millones– viven fuera, sobre todo en Francia, Italia y Alemania. Mientras una minoría dejaba el francés por el inglés y despreciaba, por supuesto, el dialecto tunecino, la estructura educativa heredada del régimen anterior, relativamente solvente, se degradaba de tal modo que el último informe PISA relegaba a Túnez a uno de los últimos diez lugares de la lista de la OCDE. Mientras veinte familias disfrutaban del ocio en los Alpes o en París, el paro aumentaba hasta alcanzar el 18%, el 36 entre los más jóvenes: entre los diplomados y licenciados pasaba de un 0,7% en 1984 a un 4% en 1997 para dispararse a un 20% en 2010. En el espejo del Carrefour –en medio de la publicidad atmosférica que invitaba a un consumo inaccesible–, los jóvenes de los banlieu de la capital y de las regiones del centro y sur del país parecían conformarse con poder disfrutar de ese reflejo.

¿Quién se beneficiaba de este crecimiento bendecido por el FMI y por las instituciones europeas? Básicamente una sola familia, extensa y tentacular, a la que los despachos de la embajada estadounidenses filtrados por wikileaks describen como un “clan mafioso”. Se trata de la familia de Leyla Trabelsi, la segunda esposa del dictador, hasta tal punto dueña del país que muchos se referían a Túnez (la Tunisie) como La Trabelsie. Ben Alí y su familia política se habían apoderado, mediante privatizaciones opacas, de toda la actividad económica de la nación, convirtiendo el Estado en el instrumento de un capitalismo mafioso y primitivo o, mejor, de un feudalismo parasitario del capitalismo internacional. La lista de sectores saqueados por el clan resulta apenas creíble: la banca, la industria, la distribución de automóviles, los medios de comunicación, la telefonía móvil, los transportes, las compañías aéreas, la construcción, las cadenas de supermercados, la enseñanza privada, la pesca, las bebidas alcohólicas y hasta el mercado de ropa usada. No puede extrañar que, durante las revueltas de estos días, se hayan asaltado tantos comercios, empresas y bancos; se ha hablado de “vandalismo”, pero se trataba también de un vandalismo certero o, en cualquier caso, de un vandalismo que, incluso cuando se desencadenaba al azar, inevitablemente acertaba: golpease donde golpease, golpeaba sin duda una propiedad de los Trabelsi.

En este cuadro de represión y apropiación, había que tender el oído para escuchar el ruido de la marea ascendente. Pocos lo hicieron, ni siquiera cuando en enero de 2008, en Redeyef, cerca de Gafsa, en las minas de fosfatos, otro incidente menor –una protesta por un acto de nepotismo– puso en pie de guerra a toda la población. Durante meses se prolongaron las huelgas, hubo cuatro muertos, doscientos detenidos, juicios sumarísimos con penas escalofriantes. Mientras Redeyef permaneció sitiado por la policía, sólo periodistas y sindicalistas tunecinos trataron de romper el bloqueo policial e informativo. En Europa, la Trabelsia seguía siendo bella, tranquila, segura para los negocios y la geopolítica. Tan solo un periodista italiano, Gabriele del Grande, se atrevió a entrar clandestinamente en el corazón de las protestas y sacar información antes de ser detenido por la policía y expulsado del país. Su reportaje comienza así: “Sindicalistas detenidos y torturados. Manifestantes asesinados por la policía. Periodistas encarcelados y una potente máquina de censura para evitar que la protesta se extienda. No es una clase de historia sobre el fascismo, sino la crónica de los últimos diez meses en Túnez. Una crónica que no deja lugar a dudas sobre la naturaleza del régimen de Zayn al Abidin Ben Alí –en el gobierno desde 1987–. Una crónica que revela el lado oscuro de un país que recibe millones de turistas todos los años y del que escapan miles de emigrantes también todos los años”. En un libro posterior, Il mare di mezzo, del Grande describe en detalle la maquinaria del terror tunecino, con las cárceles secretas en las que desaparecían no sólo los opositores nacionales sino también los emigrantes argelinos, secuestrados en el mar por las patrulleras locales –policías de Europa– para ser arrojados luego en el abismo. Nadie dijo nada. Era mucho más importante sostener al dictador; Ben Alí y las potencias occidentales compartían no sólo intereses económicos y políticos sino también el mismo desprecio radical por el pueblo tunecino y sus padecimientos.

Pero el 17 de diciembre una chispa iluminó de pronto el monstruo y reveló asimismo, como explica el sociólogo Sadri Khiari, que “no hay servidumbre voluntaria sino sólo la espera paciente del momento de la eclosión”. El gesto de desesperación de Mohamed Bouazizi, joven vendedor ambulante, puso en marcha un pueblo del que nadie esperaba nada, que los otros árabes despreciaban y que Europa consideraba dócil, cobarde y adormecido por el fútbol y el Carrefour. Un ciclo lunar después, el 14 de enero pasado, tras cien muertos y decenas de metástasis rebeldes en todo el territorio, la ola rompió en el centro de Túnez y alcanzó su objetivo. Ya no se trataba ni de pan ni de trabajo ni de youtube: “Ben Alí asesino”, “Ben Alí fuera”. La última carga policial, desmintiendo las promesas que había hecho el día anterior el dictador, provocaron aún numerosos muertos y heridos. Pero era muy hermoso, muy hermoso ver a esos jóvenes de los que un mes antes nadie esperaba nada volverse en la calle y retener a la gente que huía para animarla a regresar a la batalla con las estrofas vibrantes del himno nacional: “namutu namutu wa yahi el-watan” (moriremos moriremos para que viva la patria). A última hora de la tarde, apoyado hasta el final por Francia, el dictador huía a Arabia Saudí, dejando a sus espaldas milicias armadas con instrucciones para sembrar el caos.

El peligro no ha pasado, la lucha continúa. Pero ahora hay un pueblo que libra las batallas. “El 14 de enero es nuestro 14 de julio”, repiten los tunecinos. Quizás el de todo el mundo árabe. Jamás el pueblo había derrocado un dictador; y este pueblo inesperado, intruso en la lógica de las revoluciones, este Túnez de jazmines y luz de miel, ahora de dignidad y combate, es el espejo en el que se miran los vecinos, de Marruecos al Yemen, de Argelia a Egipto, hermanos de frustración, infelicidad e ira. No hay que encontrar las causas, siempre dadas, sino el minuto. Y ese minuto es ahora.


------------------------------------------------------------------------------------------------------------

LA EDITORIAL HIRU LES PRESENTA SU NOVEDAD
"Bourdieu, sabio y político"

Jacques Bouveresse


Jacques Bouveresse (Epenoy, Francia, 1940) es Doctor en Filosofía por la Universidad de Paris I. Ha publicado numerosas obras inscritas en los campos de la filosofía de las ciencias, la filosofía del conocimiento y la filosofía de la cultura y del lenguaje. Influenciado por Wittgenstein, el círculo de Viena y la filosofía analítica, Bouveresse es partidario de una filosofía racionalista y de un trabajo intelectual situado al margen de las modas, por lo que buena parte de sus escritos filosóficos critican las imposturas científicas e intelectuales de la filosofía francesa de los años 1970-90, los nuevos filósofos y la prensa sensacionalista que los acogió y encumbró.
Bouveresse también ha dedicado parte de su trabajo a autores como Ludwig Wittgenstein, Robert Musil o Karl Kraus.

Desde 1995 es profesor de filosofía del lenguaje y del conocimiento en el Collège de France, en donde fue nombrado profesor emérito en 2010.

Pierre Bourdieu no habría resultado tan molesto para su época si hubiera asumido el papel previsto para personas como él. Se esperaba que su estatus de hombre de ciencia, poseedor de un conocimiento enorme, debía protegerle del contacto con realidades y modos de pensar “vulgares”. Pero él no quiso aceptar ese papel de “sabio en la burbuja”, lo que le valió numerosos reproches, pues no entendían que siendo uno de los intelectuales más prestigiosos y privilegiados de su tiempo se hubiera propuesto –y hubiera logrado– acercarse también a la gente normal.
Bouveresse y Bourdieu simpatizaron desde el principio, en gran parte debido a la similitud de sus reacciones sobre el modo en que la “razón sabia” debía tratar al “sentido común” y a la gente común. Bourdieu decía que “nunca había sentido justificado su existir en tanto que intelectual”. Y consiguió traspasar esa barrera.

“Cuando se me pregunta qué he aprendido leyendo a Bourdieu y por qué tengo una deuda tan importante con él –una pregunta completamente comprensible, dado el tipo de cuestiones de las que más me he ocupado en filosofía– estoy tentado a responder que precisamente me obligó no a pensar como él (porque sobre muchas cuestiones siempre he pensado y sigo pensando de manera diferente), sino a pensar más por mí mismo; en otras palabras, a pensar más libremente”. (Jacques Bouveresse)

"Bourdieu, sabio y político", Jacques Bouveresse
ISBN: 978-84-96584-40-2
Colección Pensar nº 15
Nº de páginas: 166
PVP: 15 €

Para realizar sus pedidos:
hiru@euskalnet.net

EDITORIAL HIRU
Apdo 184
20280 Hondarribia
Gipuzkoa
Tel/Fax: 943.64.10.87 (mañanas de 9 a 11h)
www.hiru-ed.com